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jueves, 7 de julio de 2011

Homeopatía. Remedios para las distintas etapas de la vida

Homeopatía. Remedios para las distintas etapas de la vida

Ignacia amara, "encendido de amor", es el remedio homeopático de aquellos que tienen una pena de amor
Salud - 07/07/2011 8:02 - Autor: Didier Grandgeorge - Fuente: Webislam




Combate en el centro del Laberinto
Combate en el centro del Laberinto
Introducción
Ofrecemos un fragmento del libroHomeopatía. Remedios para las distintas etapas de la vida, editado en Kairos en su “Biblioteca de la salud. 
Pediatra y psiquiatra homeópata, fundador de la Escuela Hahnmaniana de la Provenza francesa, encargado de la docencia clínica en la facultad de Medicina de Marsella, el doctor Didier Grangeorge nos toma de la mano para recorrer nuestro camino vital. Todas la etapas de la vida quedan ilustradas por los principales remedios homeopáticos, acompañados de sus síntomas y sus significados.
El autor nos hace beneficiaros de la dimensión filosófica de la homeopatía, fruto de mas de veinte años dedicados a observar y curar a niños y padres.
Hacía una salud sin tacha
Christian Samuel Hahneman, el genial creador de la homeopatía a finales del siglo VIII, quiso que se escribieran las siguientes palabras en su tumba: “hay dos tesoros en la vida: una salud sin tacha y una consciencia sin reproches; la homeopatía nos puede dar la primera, el amor a Dios y al prójimo la segunda.”
¿Qué es una salud sin tacha? El diccionario nos señala que es el estado de los que su organismo funciona normalmente en ausencia de cualquier enfermedad. En nuestro mundo materialista de finales de siglo 20, las enfermedades se consideran como desajustes producidos por agentes externos como los microbios y los virus, o como disfunciones producidas por el deterioro de nuestro organismo, excesos de los que somos responsables (alcohol, tabaco...) y exposición a diversos tipos de contaminación. De esta forma en un cuadro de amigdalitis se considera que un microbio proliferará en la amígdala y el tratamiento tiene que ser un antibiótico que elimina al intruso.
Pero como la Hidra de Lerna en la mitología griega –serpiente de múltiples cabezas que se multiplican a medida que se las corta- las enfermedades son reincidentes, lo que provoca que el médico multiplique sus tratamientos con antibióticos de forma desatinada, perjudicando nuestra salud. La cronicidad se instaura y los pacientes se hacen dependientes de medicamentos cada vez más fuertes. Ciertas vacunas han hecho desaparecer enfermedades infantiles, pero cada vez más vemos que los niños y los adultos sufren de problemas alérgicos para los que la medicina clásica no ofrece soluciones radicales. Los asmáticos, por ejemplo, son tratados de forma cotidiana con aerosoles a base de broncodilatadores y corticoides que no pueden dejar.
El médico que observa a la humanidad que sufre está expuesto también a esos microbios, pero por suerte para él cree que no se enfermará. Dotados de razón, ¿han decidido respetar a los hombres que se dedican a cuidar de los demás? ¡Seguro que no!
De hecho, un razonamiento tan simple permite comprender que la presencia de estos agentes, aunque es necesaria, no es suficiente para inducir la enfermedad. Hace falta que el organismo receptor no resista a la agresión de estos intrusos. Normalmente, nuestro sistema inmunitario lucha eficazmente y nos protege de la enfermedad. Esta se desarrolla solamente si el terreno del sujeto es débil.
El terreno sobre el que se desarrollan las enfermedades
Otra forma de abordar las enfermedades es pues interesándose por el “terreno” sobre el que se desarrollan, es decir, en el estado energético de los pacientes.
En el Organon del arte de curar, Hahneman nos dice:
En el estado de salud, la energía vital hace reinar en el interior del cuerpo una armonía admirable y permite al espíritu que lo habita utilizar este instrumento vivo y sano para lograr el más alto fin de su existencia.
Todos tenemos, a pesar de nuestra influencia materialista, una idea de esta energía que nos habita. Por ello decimos, por ejemplo, después de unas vacaciones, que nos hemos cargado de energía y que estamos en plena forma. Por el contrario, notamos las pérdidas de energía en las situaciones en las que sentimos invadidos por algo negativo.
Para ilustrar estas pérdidas energéticas, otro mito griego, el del barril de las Danaidas, puede sernos útil. En él, las cincuenta hijas del rey de Argos, Danao, se tenían que casar, pero la noche de bodas, inducidas por su padre, todas a excepción de una mataron a sus maridos. Por ello fueron castigadas a llenar de forma interminable un barril agujereado.
El barril representa el cuerpo humano y el agua la energía. Nos beneficiamos de los constantes aportes energéticos con el sol, la respiración, la alimentación, el amor que los demás nos irradian. Pero perdemos sin cesar nuestra energía con fugas que son generalmente inconscientes. En el estado de salud los aportes de energía (el agua) son suficientes para mantener en nuestro cuerpo (el barril) un buen nivel que nos permite luchar de forma eficaz contra todas las agresiones. Si el número de agujeros o su importancia es demasiado elevado, el nivel en el barril baja y no tenemos los medios para luchar contra lo que nos desestabiliza y se instaura la enfermedad. Un método inicial de pararla es aumentando los aportes energéticos pero, si persisten las fugas, el problema se cronifica. Por lo contrario, si se tapan los agujeros del barril, todo volverá a estar en orden. El nivel energético volverá a subir, superando el que nos garantiza una buena salud. Al máximo, el barril de energía puede incluso desbordarse. Estamos entonces delante de personas que tienen energía no solamente para ellas sino también para los demás, y se dedican a acciones de tipo altruista. Los homeópatas saben que que un paciente realmente curado no se enmohece y emprende acciones de envergadura.
Pero, ¿cómo podemos localizar y tapar los agujeros del barril? Hay que comprender que, en el mito, el rechazo al matrimonio y el asesinato de los esposos simbolizan nuestro rechazo a realizar nuestro matrimonio interior, es decir nuestro rechazo a realizar a ir al encuentro de nuestro inconsciente y de enfrentarnos a nuestros animales interiores.
En nuestra psique, el consciente representa solamente la parte emergente de un iceberg. La mayor parte del bloque de hielo está escondida y esas fuerzas nos manipulan con nuestra ignorancia. En la Biblia, que es un texto iniciático, Dios crea primero a los animales, después al hombre, y el hombre se encarga de “poner nombre a estos animales”. No se trata de que Adán se pasee por la sabana y nombre al león y la jirafa, sino que cada hombre realice su camino interior y afronte las fuerzas del inconsciente que moran en él y decirles “NO” [en francés: nom (nombre) y non (no) se pronuncian igual], para recuperar la fuerza, controlarla y hacer que sea positiva.
Encontramos esta necesidad en el mito griego del Minotauro -que es un monstruo con el cuerpo de hombre y cabeza de toro- que devora a todos los que se presentan ante él. Teseo se salva y sale del laberinto gracias al hilo de Ariadna, es decir gracias al amor.
El rol que tiene hoy en día el médico es el de Teseo: acompañar a sus pacientes en el laberinto de su inconsciente, encontrar al Minotauro y ayudarles a matarlo. Se liberan de esta forma de las fuerzas infernales que contribuyen a la autodestrucción que representa la enfermedad. Sin amor esta misión es imposible. Hemos de señalar que en la palabra “Minotauro” encontramos “minos”: el pequeño, la infancia. Son las fuerzas inconscientes de la infancia.
El mito es retomado en el toreo donde el hombre “vestido de luces”, es decir vestido del conocimiento y del saber, va a matar, en la arena de la plaza que representa el cuerpo humano, al toro que simboliza las fuerzas ciegas inconscientes, lo negro.
El negro no es un color, es una ausencia de luz. Un tejido negro capta toda la luz y no devuelve nada. Es la imagen del ego absoluto.
Al igual que la vida desaparece en la ausencia de luz o calor, el ego absoluto no permite vivir.
NECESITAMOS AMOR
El amor, como la luz, nos permite salir de nuestro laberinto interior.
Las tres dimensiones del amor
Como la luz blanca que se descompone en un prisma en tres colores fundamentales -el azul, el rojo y el amarillo-, el amor, nos dicen los griegos, comporta tres dimensiones. La primera -eros- corresponde al ego. Decimos “yo”, tomamos nuestra medida de las cosas. El amor es indispensable en los inicios. Confucio y Jesús decían;“Ama al prójimo como a ti mismo”. Hay que amarse a uno mismo, amar su “ego”, hacer reinar la armonía y la alegría en el seno de una comunidad de miles de individuos como la que representa nuestro organismo.
Cada célula podría vivir sola. Pero cada una se especializa y ocupa un rol indispensable para todas las demás. En esta sociedad no hay paro; las células del corazón latan para las demás, las células del pie andan para las demás, las del intestino digieren para las otras. Nuestro cuerpo es una comunidad fantástica en la que, en el estado de salud, reinan un amor y una comunicación ejemplar. No hay ni una célula inútil, excluida. El hombre es verdaderamente sano, y una sociedad humana ideal sería parecida a ella.
El segundo nivel del amor -philos- representa al “nosotros”. Varios individuos se agrupan y el amor circula entre ellos. El amor altruista aparece. Una madre o un padre pueden tirarse al fuego para salvar a su hijo. El “nosotros” parte de la pareja, se extiende hacia los hijos, la familia, la nación.
Pero el infierno siempre puede ser posible: “nosotros” los serbios y “vosotros” los croatas; “nosotros los tutsis y “vosotros” los hutus, etc. Aparecen las guerras fratricidas que han marcado siempre la humanidad.
La tercera dimensión del amor -agape- representa el amor altruista universal. Ya no se dice “yo” ni “nosotros”, se dice “ellos”. Es el significado de “Dios” en la cábala fonética [en francés “ellos” se dice “eux” y se pronuncia igual que “D-ieu”; Dios].
Los grandes iniciados
Como Jesús, han logrado la tercera dimensión en la vida. Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo...”.
Ignacia amara, “encendido de amor”. Es el remedio homeopático de aquellos que tienen una pena de amor. La segunda dimensión, el nosotros, la pareja, les ofrece solamente amores imposibles ya que existe siempre una exclusión que no toleran. Se encuentran entre el retorno al amor fusional, al “yo”, y al paso a la tercera dimensión.
El haba de San Ignacio debe su nombre a los misioneros de la compañía de Jesús que la denominaron así en honor a su fundador, San Ignacio de Loyola. El haba se utilizaba para proteger a la gente de la peste. Cuando estudiamos la vida de San Ignacio, vemos que se encuentra dentro de la problemática del remedio y que encontró la solución en la vida espiritual. Al inicio aquel personaje noble se encontraba en el “yo”, en el juego mundano y de las vanidades del siglo XVI. Después tuvo un amor imposible con una persona que no era del mismo rango social y de esta manera el acceso al “nosotros” le es prohibido. Enfermo, descubre a las puertas de la muerte la tercera dimensión y pasa el resto de su vida en la espiritualidad, adorando a Dios con éxtasis en los que se alternan risas y lágrimas de felicidad.

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