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lunes, 20 de abril de 2015

KONRAD LORENZ: CUANDO EL HOMBRE ENCONTRÓ AL PERRO


     

Konrad Lorenz no ha sido el primer científico que intentó comprender el comportamiento de los animales, pero su estrecha convivencia con el perro desde su adolescencia le permitió escribir en 1950 el ensayo Cuando el hombre encontró al perro, un testimonio apasionado del estrecho vínculo entre dos especies que se aliaron hace miles de años para sobrevivir en un mundo hostil. Lorenz apreciaba la fidelidad del perro, pero se esforzó en preservar la independencia de un depredador con enorme dosis de ternura. Sus perros siempre se caracterizaron por su libertad y coraje. No eran mascotas, sino amigos que conservaban sus impulsos naturales.


Konrad Lorenz ha sido cuestionado por su connivencia con el nazismo. Fue militante del Partido Nacionalsocialista y se mostró partidario de las tesis eugenésicas. Se sospecha que participó en investigaciones oficiales sobre diferencias raciales, convencido de la necesidad de aplicar los principios del darwinismo social, según el cual no se debe neutralizar el mecanismo de la selección natural en el ámbito de lo humano, eliminando las formas de vida sin valor o impidiendo su reproducción. Movilizado en 1942, cayó en manos de los rusos en seguida. Durante sus seis años de cautividad, trabajó como médico en un campo de prisioneros. Este pasado explica las protestas que acompañaron a la concesión del Premio Nobel de Medicina en 1973. Lorenz pidió perdón públicamente y lamentó haber sucumbido a la propaganda nazi. Lo cierto es que su experiencia en el frente le convirtió en un activista a favor de la paz entre las naciones, que no se cansaría de denunciar en las décadas posteriores los riesgos de la guerra fría entre bloques con armas nucleares.


Cuando el hombre encontró al perro es un libro delicioso, muy alejado del tratado científico, lleno de humor, ternura y lirismo. Lorenz sostiene que nuestro parentesco con los animales es más estrecho de lo nos gustaría aceptar. La evolución no es una teoría que rebaje la dignidad de la especie humana o que implique la refutación de Dios. Eso sí, aún no hemos desarrollado todo nuestro potencial, especialmente en el terreno moral y espiritual. Nuestro cerebro racional (necórtex) aún sigue fuertemente condicionado por nuestro cerebro emocional (sistema límbico) y por los impulsos más primitivos de nuestro cerebro reptiliano, donde las respuestas son automáticas e irreflexivas. Es absurdo buscar el eslabón perdido. El eslabón perdido somos nosotros. Somos el puente “entre el animal y el hombre auténticamente humano”. Lorenz desarrolla una perspectiva que coincide con la filosofía del jesuita Teilhard de Chardin (Sarcenat, Auvernes, 1881-Nueva York, 1955), según el cual el cosmos es un proceso guiado por una perfección creciente, donde la materia y el espíritu se conciertan hasta llegar al Punto Omega, el estado de plenitud que recoge y culmina toda la historia humana. Teilhard de Chardin escribió: “Creo que el Universo es una Evolución. Creo que la Evolución va hacia el Espíritu. Creo que el Espíritu se realiza en algo personal. Creo que lo Personal supremo es el Cristo-Universal”. En ese camino, podría añadir Lorenz, se encuentran el hombre y el perro, dignificándose mutuamente.


Lorenz sostiene que el perro no procede esencialmente del lobo (Canis lupus), sino del chacal dorado (Canis aureus). “El progenitor de la mayoría de nuestros perros caseros –escribe Lorenz- no es el lobo nórdico, como se creía comúnmente en otro tiempo. En realidad, son pocas las razas caninas que, si no exclusivamente, sí en gran parte llevan sangre de lobo”. Las primitivas hordas de cazadores-recolectores toleraron inicialmente la presencia de chacales dorados porque les avisaban con sus aullidos de la aparición de extraños. No es improbable que la domesticación se produjera mediante la comida. Arrojarles pequeños trozos de carne sirvió para mitigar su desconfianza poco a poco. Los chacales perdieron el miedo al hombre y comenzaron a acompañarle en su existencia nómada. Poco a poco, se incorporaron a su rutina, incluida la caza. Los chacales aumentaron de tamaño y, sin perder el instinto, dilataron su capacidad intelectiva. El ser humano comenzó a seleccionar ejemplares, cruzándolos de acuerdo con sus intereses. Surgieron de este modo las razas caninas. En los ejemplares procedentes del lobo nórdico prevalecieron la lealtad al jefe de la manada y el sentimiento de pertenencia a un grupo, dos pautas esenciales para actuar de forma coordinada y luchar solidariamente contra los enemigos. En los ejemplares procedentes del chacal, se mantuvo cierto infantilismo, que explica la excesiva sumisión de ciertas razas al ser humano. Lorenz admite que siempre ha preferido los perros que conservan las características del lobo nórdico, pues son más independientes y salvajes, lo cual no significa desafección al compañero humano, pues lucharán por éste hasta la muerte, enfrentándose a adversarios mucho más poderosos, si es necesario.


Lorenz ofrece en su obra unos rudimentos sobre educación canina, manifestando su repulsa hacia los métodos violentos. Señala que no se puede actuar del mismo modo con todos los perros, pues algunos son extremadamente sensibles y el más leve maltrato puede destruir su carácter. Aconseja no agotar al perro con ejercicios demasiado prolongados y apunta la necesidad de mezclar juego y aprendizaje. Desde su punto de vista, los perros no aprenden como autómatas, sino que son seres con intuición y cierta inteligencia creadora, que les permite improvisar y modificar. Eso no significa que posean un sentido ético. Lorenz no simpatiza con la frase: “los perros son mejores que los humanos”, pues el perro no puede plantearse dilemas morales. Su inteligencia no se lo permite. Amar a los perros y detestar a los humanos es inaceptable. “El amor a los animales es hermoso y ennoblecedor sólo cuando emana del amor más amplio y genérico a todo el mundo viviente, cuyo punto central, sin embargo, debe ser siempre el amor a los seres humanos”. Eso no significa que el perro sólo actúe por instinto. Su convivencia con nuestra especie le ha enseñado a comprender nuestros gestos y emociones, estableciendo con nosotros una relación inconcebible con otros animales. “Personalmente –apunta Lorenz- estoy convencido de que el perro es superior incluso a los grandes simios antropoides por lo que respecta a la comprensión del lenguaje humano, aun cuando éstos sean superiores en otras prestaciones intelectuales”. Esta compenetración implica un deber moral, que muchas veces se ignora o escarnece. Abandonar a un perro o maltratarlo es una crueldad injustificable. “La fidelidad de un perro es un don precioso que impone obligaciones morales no menos imperativas que la amistad con un ser humano”. Sin embargo, el perro “está privado de todo derecho, no sólo de acuerdo con la letra de la ley, sino también por lo que respecta a la sensibilidad de muchos seres humanos”.


Cuando el hombre encontró al perro está repleto de anécdotas entrañables, hilarantes o estremecedoras. Los perros acaban pareciéndose a sus dueños. Lorenz señala que los perros de su mujer son limpios, discretos y silenciosos, mientras que los suyos se ensucian con cualquier pretexto, ladran sin parar y no soportan pasar desapercibidos. En ambos casos, hay una innegable concordancia con el comportamiento de sus dueños, pues la mujer de Lorenz era pulcra y ordenada y Konrad caótico y poco riguroso con la higiene. Los sentimientos de culpa no son desconocidos para los perros, pues cuando cometen una jugarreta o muerden a un humano por error, se lamentan con sobrecogedores aullidos y ofrecen la pata una y otra vez a modo de disculpa. Su amabilidad con nuestra especie no puede ocultar su condición de grandes depredadores. Cuando un venado penetra en el jardín de la familia Lorenz, tres adorables perros, incapaces de lastimar a un niño, lo despedazan sin compasión. A pesar de ser un naturalista avezado, la imagen del venado con las vísceras al aire y los huesos fracturados le produce una profunda impresión. Sin embargo, eso no altera su aprecio hacia los perros, leales, tenaces y casi siempre valientes hasta la temeridad. No le preocupa reconocer que no simpatiza con las personas propensas a atemorizarse con los perros. “Indudablemente se trata de un prejuicio injustificable”, pero fundamentado por la convicción de que “familiaridad con los animales presupone una íntima confianza en la naturaleza”.


Lorenz entiende que un perro alegre y activo puede ser un eficaz antidepresivo. Eso sí, opina que “la amistad de un perro resulta tanto más valiosa y conmovedora, cuanto menos haya sido alienado el perro por la domesticación o, en sentido inverso, cuanto mayor sea la proporción en la que sigue siendo un animal de presa salvaje”. Es curioso que en ningún momento mencione a las razas peligrosas. Es el año 1950 y aún no se ha potenciado genéticamente la agresividad de algunas razas, lo cual demuestra que los ataques de perros contra humanos suele proceder de aberraciones en la cría, donde a veces intervienen la neurosis o la falta de escrúpulos de algunos criadores. Lorenz manifiesta su preferencia por los mestizos, por lo general más equilibrados y sanos, y deplora que a veces se emplee el nombre del perro como insulto: “La perra es de entre todos los seres vivos no humanos aquella cuya vida psíquica más se acerca a la del ser humano en lo que respecta al comportamiento social, delicadeza de sentimientos y capacidad para una amistad auténtica, o, lo que es igual, el más notable de todos los animales. Y no deja de resultar peregrino que, en inglés, su nombre se haya convertido en un grosero insulto”.


Han pasado algo más de sesenta años desde que se publicó Cuando el hombre encontró al perro. Yo llevo conviviendo con perros desde la infancia y ya rozo los cincuenta años. Mi experiencia coincide con la de Lorenz en muchos aspectos. Ahora vivo en el campo y tengo cinco perros: dos bichones malteses y tres mestizos. Los bichones son perritos falderos. Sumamente dóciles, alegres y algo traviesos, no descarto que procedan de los chacales dorados domesticados por el hombre en un pasado remoto. Conviven con cuatro gatos y un loro y jamás han manifestado ningún impulso cazador. Sólo salen al jardín a jugar o tomar el sol. Pasan la mayor parte del tiempo en casa, tumbados en un sillón. No son especialmente obedientes. A veces me ignoran o se ríen de mí, obligándome a perseguirlos para recuperar un calcetín. En cambio, los perros mestizos no muestran especial apego por el hogar. Son más independientes y cuando descubren un conejo o una serpiente en la parcela, no se dan por derrotados hasta que consiguen acabar con su vida o, en el mejor de los casos, provocar su huida. Aceptan mi liderazgo sin problemas y sólo el furor desatado por la aparición de una posible presa, puede llevarles a incumplir mis órdenes. Por su conducta, presumo que descienden del lobo nórdico. Al margen de sus diferencias, les quiero a todos por igual.


He asistido a la muerte de cinco de mis perros. He llorado cada pérdida con tristeza y amargura. Lorenz ha pasado por la misma experiencia: “No encuentro palabras para describir la pena”, admite después de perder a Bully, uno de sus perros más queridos. Sin embargo, eso no le echó atrás a la hora de buscar un nuevo compañero. Entiende que algunas personas descarten tener perros para evitar el trauma de su muerte, pues nuestra esperanza de vida es cinco veces superior, pero considera que es una actitud poco recomendable: “En la vida humana, un destino fatal nos enseña que hay que pagar cada alegría con un tributo de dolor, y el individuo que se prohíbe a sí mismo las pocas alegrías lícita y éticamente correctas de la existencia por temor a tener que saldar la cuenta que el destino le pasará tarde o temprano, no puedo sino considerarlo un ser pobre y mezquino. Aquel que quiere ser avaro con la moneda del dolor, que se retire a su buhardilla, como viejo solterón, y se vaya secando poco a poco como estéril planta que nunca dio fruto”. No creo que a mis perros les agradara mucho esta perspectiva. Morir me resulta menos inquietante, cuando pienso que estaré acompañado hasta el final por unos amigos leales, inteligentes y en ocasiones increíblemente humanos. Sólo me preocupa qué futuro les aguarda después de mi desaparición, si nadie pudiera ocuparse de ellos. Espero que algún día se les reconozca el derecho a vivir con afecto y respeto, sin ser abandonados o maltratados. Estamos en deuda con ellos por todas las horas de felicidad que nos han proporcionado, sin esperar otra recompensa que una caricia o una palabra afectuosa. Tal vez el poeta no se equivocó al escribir: “Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone” (Vicente Aleixandre, A mi perro).


RAFAEL NARBONA
FUENTE: http://rafaelnarbona.es/?p=193

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